• Maggie Giorgi

Diente de ajo para la envidia. Post inspirado por @tativillamatos

¿Por qué sentimos envidia?

Somos individuos. Como su palabra lo indica, individuales. Individualistas. Nacimos en una coyuntura exitista individual.

En la escuela nos ponían notas individuales. En los trabajos hay tendencia a preguntar “¿Quién fue?” cuando algo está bueno. Y cuando no, más preguntan todavía.

Individualizar es la nafta que mueve el vehículo de los celos y la envidia. Porque como hemos hablado antes, siempre buscamos es la mirada del otro y por ende, su aprobación. Entonces si alguien la capta antes lo van a mirar a él, no a mi.

A esto se le suma que el Otro (en su término más general, la otredad) es la pantalla donde yo proyecto todo, lo bueno, lo malo, lo que me gusta, lo que me enoja, lo que quiero ser y no puedo, y así hasta el infinito. Así que si por momentos te encontrás envidiando algo no te quemes, sos humano.




Para el Budismo, la envidia no se debería sentir porque el saber que el otro consigue algo, nos indica que podemos también lograrlo. Lo que pasa es que en occidente nos enseñaron que si el otro consigue algo ya es de ese otro y no mío. La envidia entonces, en su aspecto sano, es lo que nos mueve a progresar, somos educados para competir, y sentir envidia es una consecuencia de sentirnos perdedores.


Cuando la envidia se nos va de las manos

Ojo con la envidia cuando se instala y opera sin que tengamos control de ella. Ojo con los mecanismos perversos que es capaz de operar. Porque cuando la envidia nos gana y nos hace creer que la vida es injusta y que por qué el otro tiene lo que yo no tengo, ahí empieza lo patológico del asunto.

Las emociones son energías muy poderosas y capaces de hacernos sentir que destruyendo el logro del otro o criticándole, podrán superarle para dejar de sentir la envidia, y así se tiñe la envidia con un falso odio. Esto obviamente es un recurso muy infantil, donde destruimos lo que no queremos. Acá se juega eso, la falsa ilusión de que si esto no está acá entonces no lo veo, entonces ya no duele. Por eso lo rompo, lo saco, lo destruyo. Y cuando uno es adulto, destruir no es agarrarse a piñas necesariamente, es también hablar de manera despectiva o destructiva de ese otro, la clásica crítica.

Lógicamente después de entender esto podemos deducir que detrás de la envidia hay un sentimiento de inferioridad. La idea de que no tengo los recursos para lograr lo que el otro si puede. Eso genera angustia y bronca, me frustro conmig@ mism@ y como ese dolor es tan grande, lo pongo afuera, en ese otro que es más fácil de odiar y envidiar.


Un ajo contra la envidia

Ni la piola roja ni el diente de ajo. El cambio está 100% en vos. Vamos a repasarlo.

Volviendo a la lógica de que “si el otro tiene, yo no podré tener”, ese sería un pensamiento de restricción, que nos convence de que no podemos. Si en cambio, nos paráramos desde la idea que no hay que preocuparnos de lo que el otro tiene, porque para todos hay, podemos ocuparnos de encontrar nuestro potencial y como desarrollarlo.


Ese planteo es muy interesante pero le falta una vuelta de tuerca más. Porque hasta ahí no hicimos nada para cambiar nuestro presente y hacerlo más atractivo para nosotr@s. Loque realmente disminuiría el contraste que hay entre mis los logros y los del otro, entre lo que soy y lo que es el otro, sería detectar Qué es lo que quiero lograr y no he logrado (mi deseo insatisfecho), cuales son los recursos que sí poseo (dejar de mirar los recursos que carezco) y cómo puedo desarrollar los recursos psicológicos que me faltan para cumplir mi deseo.

En definitiva, se trata de volver a mi de manera honesta. Ser franco con mi deseo y con mi propia frustración y desde ahí, apuntar a cambiar mi realidad.


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