• Maggie Giorgi

El que calla otorga


Todos los seres vivos del planeta tienen marcas de crecimiento. Heridas más o menos visibles pero marcas en definitiva que evidencian cómo ha sido su proceso evolutivo en su existencia. Todos. Un árbol, un cangrejo, las ballenas, las células ameba. Si ocurre un evento traumático, el daño se puede ver reflejado en una muesca, una herida, un tic nervioso. Se nota.

Así mismo los humanos. Pero ojo, contamos tremenda ventaja en una cosa.

tenemos la varita mágica de la transformación de nuestras heridas: el lenguaje.

Poder poner en palabras, elaborar el dolor a través de una sintetización lingüística es un acto de sanación en si mismo. No cambia el pasado donde ocurrió la herida pero puede cambiar la forma en que me vinculo con ella.

Sumemos que cuando vivimos un episodio traumático la vivencia es 120% corporal. Todo mi ser se pone al servicio de atravesar la escena de dolor para dejar la menor marca posible. Así y todo deja una herida. A veces en la piel, a veces afectiva. El asunto es que si no proceso ese dolor de alguna forma, la herida se puede alojar en mi de múltiples maneras, síntomas hay infinitos. Y después nos preguntamos por qué tenemos presión alta, acidez o colon irritable, alergias o diabetes.

Obvio que hay factores genéticos y accidentes biológicos pero también sepamos darle lugar a ese síntoma a ver qué nos quiere contar sobre nosotros mismos. Callar permite que el síntoma siga ahí denunciando la herida. Poder ponerlo en palabras es un acceso maravilloso con el que contamos camino a sanar.



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