• Maggie Giorgi

La culpa. Mi eterno enemigo íntimo. Post inspirado por @valevaluchi

En el cuerpo se siente como una contracción, nuestro cuerpo está más pesado, la cabeza se baja, la espalda se curva. De ahí la metáfora de estar cargando con una mochila, como si llevara un peso en la espalda.

Pero, ¿Qué es bien este sentimiento y por qué todos lo padecemos?

Tiene que ver con todo eso que debería ser y no soy. Y cuando digo “debería ser” hablo de lo que nos introyectaron nuestros padres, la religión, el sistema. Al no cumplir ciertos mandatos sentimos que “merecemos” ese castigo por no encajar con la imagen idealizada de nosotros mismos, o porque no somos el hijo que nuestros padres querían, o por no ser ese ser que nuestra pareja desea o por lo que sea que no encaje con nuestras expectativas o con las expectativas ajenas. “Debo ser perfecto”, “Debo ser el mejor”, “Debo atender primero a los demás”. Todo esto impacta en nosotros por no querernos lo suficiente y sentir el eterno miedo a quedarnos solos.



La culpa nos sitúa en el pasado, y lo peor es que nos hace repasar una y otra vez los eventos o hechos que son imposibles de cambiar. Puede suponer un gran desgaste de energía hasta el punto de quedarnos inmovilizados. La energía que podría ser aprovechada para afrontar nuestro presente, es invertida en los pensamientos sobre el pasado, es decir, queda toda en la cabeza rumiando.

Es un sentimiento muy particular, muy íntimo. Porque depende de nuestros propios mandatos. Por ejemplo en mi caso, me llena de culpa cuando tengo que pedir ayuda, pues siempre son los otros los que me la piden a mi. Si tengo que pedir ayuda me enojo, inmediatamente. Conmigo y después con el que tenga más a mano. Ataco. Y eso tiene que ver con el introyecto que me domina de “no molestar”. No me gusta hablar de mi, justamente porque tengo ese introyecto, pero en este caso creo que vale la pena porque es para ejemplificar como funciona la culpa. Ya les voy pidiendo disculpas por eso.

Siguiendo el razonamiento, si es algo que provoca mi propio introyecto, la culpa entonces no es una emoción, es más bien algo que nos hacemos a nosotros mismos, o más claro aún, algo que hacemos en contra de nosotros. Es el verdugo que está al servicio de aquel que cree que merece castigo.

Y sí, puede haber un culpabilizador externo, pero en todo caso, no haría más que reavivar el fuego que ya está prendido dentro de aquel que se siente culpable.

Algunos se ahogan en su angustia, otros entran en la espiral de la obsesión, otros se drogan, otros beben, otros se deprimen, y más modalidades de autoagresión que, si estás leyendo esto, seguramente te des cuenta qué modelo te identifica más. Yo soy de las que se ahogan y no saben salir, y entro en esos bucles tormentosos, sin saber cómo salir de ahí y sin identificar qué es específicamente lo que me está ocurriendo, limitándome a sufrir (que de eso se trata, la culpa está ahí para ello: “te lo mereces por ser mala y andar pidiendo ayuda” en mi caso).

Bajo el ser culposo hay alguien enfadado y muy exigente consigo mismo y también con un importante grado de omnipotencia, la frustración y el dolor de quien necesita ser cómo es, diferente a la programación que tenían para él, a lo que su pareja espera, y a esa autoimagen idealizada, y que además se siente “obligad@” a ser distinto para ser merecedor del “amor” de los otros y del suyo propio.

Cada vez que te sientas culpable, pregúntate ¿con quién estoy enfadad@?

Cuando no le damos espacio a esa rabia y nos la negamos, la estamos volviendo en contra de nosotros, eso es la culpa: una autoagresión. Y ahí los comportamientos autodestructivos como enojo conmigo mism@, consumos, depresión, etc.

Para ir cerrando, lo que deberíamos mirar es el camino transformador: encontrar el permiso que no nos estamos dando para ser lo que realmente somos. La conquista de ese permiso no es tarea fácil, ya que trabajar con las culpas implica trabajar con otros aspectos de uno mismo, pero como toda conquista también es gratificante y liberadora. Dale. Soltá la mochila. Está bueno.

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