• Maggie Giorgi

La edad de ser maduros. Post inspirado por @camilasoca

Muchas veces de forma inconsciente (colectiva) la vida nos lleva a pensar en que la edad es una métrica para evolucionar y quemar etapas, para dejar atrás fases y vivir otras. “A esta edad debería ser independiente”, “ya estás en edad de ser madre/padre”, “con veinti tantos ya me imaginaba recibido”, entre otras sentencias.

Lo cierto es que la edad es un indicador duro, un número arbitrario de cuantos años hace que nacimos. Nada más. Todo el resto es constructo social. Que la edad defina cuándo y cómo crecer es un camino sin sentido.

Pero hay una variable que si es clave para evolucionar, que está asociada con la edad de forma equívoca: la adultez. Esta idea también muchas veces está asociada a la rigidez, cuando en verdad tiene mucho más que ver con el correcto manejo de los afectos que con la fortaleza.



La infancia: el piso para construir adultez


En función de cómo hayamos vivido nuestra infancia y los vínculos con nuestros padres, vamos a necesitar más o menos esfuerzo en el camino hacia nuestra madurez.

Si repetimos fórmulas infantiles obtendremos resultados infantiles.

Robert W. Fireston, sicólogo y autor de “The Fantasy Bond” nos habla de un adulto como una persona que ha calibrado correctamente las prioridades. “En contraste, las personas que viven dentro del marco de referencia de un niño a menudo reaccionan exagera y emocionalmente a los acontecimientos que son insignificantes en el esquema general de la vida, y no responden a los eventos que son importantes”.

La queja, la victimización, la dificultad de tener algo distinto a lo conocido son síntomas de que aún no se ha transitado correctamente un proceso de adultez emocional.



Los signos de adultez

ser protagonista de tus decisiones. Para ser un adulto se necesita ser proactivo y seguro de sí mismo, en lugar de pasivo y dependiente. Esto es, enfrentarse a los problemas y desafíos directamente, encontrar soluciones y no depender de otros para tomar un rumbo.


El otro como igual. Aquellos que no han alcanzado la madurez muchas veces asumen el papel de los padres o del niño de forma indistinta en la relación con sus seres queridos. La sanación de ese periodo de vida nos acerca a relaciones horizontales. De pares.

Apertura. Una persona emocionalmente madura no tiene reacciones defensivas o de enojo, por el contrario se encuentran abiertos a explorar nuevas ideas, dan la bienvenida a la crítica constructiva, amplían su auto-conocimiento y auto-conciencia.


Necesidades satisfechas. La adultez nos permite manejar las necesidades del presente de forma solvente, mientras que alguien más infantil tiene necesidades no satisfechas en la niñez que trata de compensarlas de forma constante en su presente. Por eso muchas veces resultan conductas adictivas tanto con sustancias como con entretenimiento para compensar esas necesidades pasadas.


La culpa resuelta. Quienes no han alcanzado la madurez emocional sienten culpa, oculta o manifiesta, por las cosas que hacen, dicen y sienten. Reprimen sus emociones y dejan que sus emociones se entierren en su interior, o por el contrario, es una montaña rusa de emociones que no pueden controlar.

Muchas veces el niño que vivió situaciones intensas como una separación se carga de responsabilidad. Una responsabilidad que ante el fracaso trasformará en culpa, en un peso que no es suyo y que puede terminar frenando su desarrollo.

La diferenciación. La madurez es ese momento en que ya hicimos las paces con nuestros padres, los integramos como parte de nuestra historia y podemos diferenciarnos de ellos. También lograr desatar esa tendencia más adolescente de ser complaciente que se manifiesta en la amistad, o en las relaciones laborales. Diferenciarse es marcar los límites con respeto y solidez.




La pregunta del millón. ¿Cómo avanzar en la madurez entonces?

Para alcanzar la madurez emocional vamos a tener que enfrentarnos al pasado y hacer las paces con el, con la emoción de culpa, con el enojo viejo. Gestionar la culpa y otras emociones va a ser el movimiento más importante para poder seguir creciendo en la relación que mantenemos con las emociones.

En este sentido, no evitar el dolor del niño que llevamos dentro sino atravesarlo y sentirlo de forma plena y consciente es la sanación. Cuando podemos dejar atrás nuestra historia pasada y nuestra mochila, la culpa se transforma en responsabilidad sana que nos empuja a madurar.

El arte de convertirnos en un adulto sano, no pasa solo por asumir diferentes roles en la vida (profesional, pareja, hijos, etc.), sino que va mucho más allá. Pasa por dar un salto hacia lo desconocido saliendo de nuestra zona de confort, adquirir nuestra propia identidad diferente a la de nuestros padres. Dejar sus expectativas de lado, y empezar a hacer cosas por nosotros mismos.

pars resumir, algunas alertas para entender que debemos dar paso al proceso de convertirse en un adulto son: la victimización, la queja, la dificultad de dejar el pasado atrás. Lógicamente madurar no es un proceso que empieza y termina, es un continuo en el que vamos transitando cosas nuestras y nos vamos conociendo cada vez más. No existe la inmadurez o madurez en su estado puro, somos humanos y tenemos ciclos en las emociones. Pero es clave tomar contacto con nuestras dificultades para comenzar el proceso de crecer emocionalmente. Empezá el camino de la sanación viviendo en el presente la aceptación de las circunstancias.


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