• Maggie Giorgi

La palabra que vas a aprender hoy: otredad

Ayer tuvimos una sesión muy intensa con mi colega con quien trabajamos parejas, iba a ser una sesión de hora y media y se nos fue a casi el doble. Queríamos que se lleven una idea clara: el otro no soy yo, es el otro. ¿Suena obvio? Si claro pero es el error que cometemos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir. Y si, es un error definitivamente. Sin relativismos. Entender que el otro es una figura distinta a mí es fundamental para tener una relación de pareja sana, una amistad productiva, un trabajo que no me frustre, entre otras cosas. Acá van algunos axiomas para entender la idea. Mi límite empieza donde arranca el otro Este axioma habla de los bordes. La otrerad nos invita a entender que el otro es aquel territorio hasta donde puedo avanzar, pero cuando arranca el cuerpo del otro yo ya no puedo ingresar. Es su universo, su manera de ver el mundo, sus reglas, sus decisiones, su información y sus ganas. Puede compartir todo eso conmigo pero yo no puedo asumir que conozco ese mundo tan bien como el otro o qué puedo apropiármelo. Si pensas que conoces todo del otro, o que queres saber todo lo que el otro hace y piensa, bájate ya del pony. Eso no va a pasar.

No es obvio Frente a una misma situación, podemos experimentar sensaciones, ideas, reacciones diferentes. No es obvio que se va a dar cuenta como me siento solo porque vivimos juntos. No es obvio que si hicimos algo una vez entonces el otro también espera volver a hacerlo igual que yo. Lo obvio está en mí porque yo tengo mis propios introyectos, que son esas ideas aprendidas a fuego que ni me cuestiono, por ejemplo que si estoy en pareja voy a ser fiel al otro. Quizás del otro lado la idea de pareja tenga otros matices. Entonces, donde yo percibo una tormenta el otro tal vez vea un arco iris. Cada uno desde su experiencia observa y vivencia. Por eso es importante chequear con ese otro lo que creemos que es obvio. La ley de la completud de la figura Esta es una ley gestaltica que me gusta mucho explicar porque para mí fue una ficha clave que me cayó para poder trabajar como psicóloga. La ley explica que, todos tenemos nuestra vivencia respecto a algo, entonces cuando vemos un principio de ese algo en el otro tenemos a completar esa figura con nuestra visión aprendida. Por ejemplo, si alguien me cuenta que está angustiado porque perdió a su mascota, yo no puedo decirle “ah si tal cual, me pasó lo mismo te re entiendo, dame un abrazo”. Es decir, si puedo hacerlo pero no estaría respetando la otrerad. La vivencia del otro seguro no es igual a la mía. Porque para empezar, la vivió el otro. En otro tiempo, desde otro lugar, con sus propios prejuicios e introyectos que le periten leer esa vivencia de forma única. Entonces la ley nos pide que paremos antes de completar la figura del otro con nuestra propia vivencia. Vamos a abrirnos a escuchar la del otro. El otro es una idea. Nunca un absoluto. Para sentirnos más cerca del otro podemos pecar de imaginar que lo conocemos mucho. Tanto que vamos a anticipar lo que ese otro es capaz de hacer o pensar. Controlar al otro. Desde ya que eso es mentira. Obvio -y ahora si vamos a usar la palabra obvio- que no estamos ni cerca de saber como se maneja el otro en todo. Porque no somos ese otro y ese otro es dinámico, está en permanente transformación entonces nunca será una versión de sí mismo acabada y absoluta. Podemos hacernos una idea de lo que el otro es, pero no conocerlo al 100%. Una vez más, descendiendo del pony. El otro, una proyección Así cómo está la ley de la completud, es importante que conozcamos un mecanismo de defensa que está muy proclive a ser usado cuando se trata del vínculo con el otro: la proyección es ese mecanismo por el cual evadimos el contacto con nuestro afecto o dolor depositándole al otro ese atributo. “Ella siempre me marca lo que hago mal, no le gusta mi manera de ser”. Ojo con estos pensamientos. La recomendación acá es chequear qué tanto de eso es real y que tanto es mi propio sentimiento de desvaloración hacia mí mismo que no me permiten aceptarme y es más fácil ponerlo afuera para que no duela tanto. Como siempre, si es un mecanismo de defensa o de envasión del contacto, lo hacemos involuntariamente. Por eso recomiendo prestar doble atención a estos asuntos. La otredad es ese borde que nos da miedo porque es el otro desconocido, capaz de amarme, pero también de rechazarme y por eso nos cuesta asumir la diferencia, y fantaseamos con la posibilidad de conocerlo tanto qué tal vez así podamos controlarlo y no nos abandone. Pero al final del cuento, reconocerlo como distinto a mí y respetarlo, esq es la forma de que el otro elija compartir conmigo su otredad.