• Maggie Giorgi

Síndrome del impostor. Post también inspirado por @tativillamattos

Se habla mucho sobre este fenómeno, pero al tener un nombre tan llamativo quizás se preste a malas interpretaciones. Lo cierto es que este profundo síndrome afecta a muchos profesionales destacados, sobre todo a mujeres en nuestra coyuntura social.


El síndrome del impostor no es un trastorno, es el malestar emocional asociado al sentimiento de no merecer la posición que se ocupa a nivel laboral, académico, o social. Se llama así inspirado por la figura arquetípica del impostor, que es una persona que finge ser alguien que no es de manera voluntaria debido a la sensación de no haber cumplido ciertos objetivos. Aún habiendo alcanzado una posición muy gratificante, no se creen merecedoras de la misma. Es por eso que se consideran un fraude y temen que los demás descubran su falta de méritos y competencias. Seguro se te ocurre algún ejemplo.

La persona que padece este síndrome siente que si los otros descubrieran lo “mediocre” que realmente es tendrían una visión muy diferente de ella, cesando sus privilegios en caso de que disponga de ellos. Por eso, está constantemente desvalorizando sus éxitos y capacidades.

Este síndrome, que suele aparecer en estudiantes con buenas notas y, en mayor medida, en profesionales con éxito, tiene que ver con la baja autoestima, porque es una distorsión de la percepción de uno mismo, un autoconcepto empobrecido que el individuo tiene de sí mismo.

La actitud despectiva o crítica de personas del entorno del sujeto que envidian los logros que ha obtenido, también puede contribuir a la aparición del síndrome.


En el libro “Cómo superar el síndrome del impostor", Aida Baida Gil expone algunas posibles causas:


- Dinámicas familiares durante la infancia. "Cuando tu hermano es 'el inteligente' y tu eres 'la simpática', o tienes presión para sacar buenas notas, padres muy exitosos o sientes que eres la oveja negra".

- Diferencias salariales. Aida trabaja principalmente con mujeres profesionales y asegura que "la realidad de la mujer en el mundo profesional" es también una causa de este síndrome.

- Percepción de éxito, fracaso y competencia. "Las personas que sufren el síndrome son muy exigentes consigo mismas y tienen una lista de requisitos prácticamente imposibles de llevar a cabo".




La asesora asegura que hay dos niveles: uno que desaparece con el tiempo y la experiencia —y que se manifiesta cuando nos sentimos inseguros ante un nuevo reto o puesto de trabajo— y otro más grave, que empeora con el tiempo. Este síndrome se vuelve peligroso cuando asumís que tu éxito es cuestión de suerte y nunca se lo adjudicas a tu inteligencia sino a factores externos o al hecho de que hayas tenido que trabajar muy duro para lograrlo.


Y el peligro radica en que atenta directamente contra la confianza, limitando a la persona y no permitiéndole correr riesgos ni se atreverse a pedir un ascenso por miedo a no estar a la altura, quedando atrapados en un cargo por debajo de su potencial.

Este camino puede generar niveles de estrés y afectar la productividad porque a menudo se postergan tareas que realmente desearían ejecutar o por trabajar muy duro en esto de que no son merecedores del cargo por su capacidad sino por el tesón.



Fenómeno, entendido. Ahora bien, ¿Cómo salir de esta espiral?


Como en muchos otros casos, en este síndrome hace falta aceptación de nosotros mismos. De nuestra capacidad, de lo que hemos construido. De qué es lo que me hace ocupar ese lugar día a día y amar eso que soy, de la manera que soy, sin fingir algo que no soy.

Porque la base de todo esto es una distorsión de nuestra propia imagen de nosotros mismos, entonces nos volvemos muy vulnerables a la mirada del otro, a la opinión del que está afuera. Esa mirada se vuelve fundamental para nosotros ya que no tenemos seguridad de quienes somos.

Aceptar lo que soy es incorporando lo bueno y lo malo, lo que me gusta y lo que no me gusta de mí. Conocerlo y abrazarlo. Y comprender qué hago para estar en esa posición. Que me merezco lo que tengo y lo que he construido. Me hago cargo de lo que soy sin culpas ni reproches. Abrazar lo que soy desde el hoy. Entender que lo que soy hoy es lo mejor que pude crear y que no hace sentido pensar como hubiera sido si hubiera hecho algo diferente. Aceptar mi presente incorporando y haciendo las paces con mi pasado. Solo así cobramos valor para construir futuro.

Y la próxima vez que alguien me elogie, en lugar de excusarme o repetir cómo llegué ahí, simplemente decir “gracias”.


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