© 2016 by Magela Giorgi. 

  • Maggie Giorgi

Soledad buena

Qué tema difícil este. Me refiero a encontrar el punto de equilibrio entre estar solo con disfrute pasando tiempo conmigo, pero no irme de mambo a un mundo antisocial donde no quiero ver a nadie, y tampoco la intensidad de necesitar siempre de un otro para ser feliz.

Este último escenario es de lo más recurrido.

Ahí aparecen las energías demandantes y la ilusión al buscar una pareja donde el otro queda totalmente recubierto de una exigencia o expectativa de ser de tal o cual manera, que me complete o que me contenga o que me divierta, entre otros tantos pedidos que lo único que hacen es hacerme perder la capacidad de ver al otro tal cual es de manera limpia porque proyecto todo lo que no puedo darme en ese que tengo adelante. Esto de la pareja es un lugar muy exigente en la sociedad, parece que tiene que cubrir pila de roles en nuestra existencia, pero ese es otro capítulo. Acá me gustaría hacer foco en la soledad.

Es difícil encontrarle el gusto porque ahí no hay entretenimiento. Me refiero a estar con uno mismo, tiempo de calidad. Tiempo de autocrítica, de reconocimiento, de frustrar, de aceptar, de amar lo que soy, de silencio y de contemplación. Hay quienes padecen la soledad porque encuentran en ella el lugar donde encontrarse con pensamientos negativos y destructivos, si te suena esto es importante tomar medidas para revertirlo. Escribirlas es una buena forma de carearlas para entender por dónde empezar.



La soledad es un aliado para moderar la ansiedad y los miedos. Aprender a no necesitar de un otro, aprender a soltar. Disfrutar de mi es clave para entender y confiar en que el afuera también disfruta de mi, es un aliado para mi amor propio. Mirar hacia adentro y sincerarnos, entender qué juicios sostenemos con el afuera y con nosotros mismos, conocer qué nos gusta y que no perdonamos de nosotros mismos. Muchas veces nos damos palo internamente casi sin detectarlo, nos culpamos de cosas involuntariamente. La soledad buena nos presta silencio y tiempo para conocer estos rincones. Tiempo, mucho tiempo sin apuro. Ubicarnos ahí y procurar una observación amorosa sobre nosotros mismos nos da herramientas para crecer, nos hace fuertes.

No hay que ser monje tibetano para esto que estoy planteando. Hay que emprender el camino de búsqueda de la sinceridad y tolerancia. La terapia es un gran colaborador, pero la llave está en uno mismo. Meditalo.


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